2.6 Visión cristiana de la ética


2.6.1 ¿Qué añade la moral cristiana?

La moral cristiana, ¿añade algo a la moral descubierta por la razón?

Lo específico de la moral cristiana no son preceptos y prohibiciones particulares, sino la fe en Cristo, desde la cual obra el cristianismo.  El cristiano cree en Cristo, confía en él, trata de seguirle y hacer de él la norma viviente de su vida, dejándose guiar por su Espíritu.

Y en ese clima de fe en Cristo y en su Proyecto, el cristiano se decide por una vida comandada no por el egoísmo sino por el amor, fuente y vértice de toda vida moral, amor que en el Nuevo Testamento resume toda la Ley y los Profetas, San Pablo habla de la “fe que obra por la caridad” (Ga. 5,6).

Ese “amor-don” participación del amor del padre e infundido por el Espíritu, afecta por supuesto el ejercicio de la sexualidad, aún más que al amor descubierto por la razón, porque es más exigente; basta recordar el Sermón de la Montaña (mt 5).  Jesucristo ha clarificado, confirmado y radicalizado las intuiciones más profundas del hombre sobre el amor y la sexualidad.  Tanto es así que el Nuevo Testamento presenta el diálogo intersexual como alianza fiel y entrega mutua, comparándolo al diálogo que se da entre Cristo y la Iglesia (Ef 5,32).

El cristiano sabe, además, que “el pecado del mundo” ha herido también la sexualidad, la cual, por eso mismo, necesita una salvación que sólo viene de Cristo; sólo su Espíritu puede sacarlo del egoísmo y hacerlo vivir en el amor.  Si quiere redimirse tiene que morir al “hombre viejo” centrado en sí mismo, y revestir el “hombre nuevo” abierto al ‘otro y dócil al Espíritu.

También podríamos advertir que para el que tiene un “nuevo ser en Cristo”, para el que se sabe “miembro de Cristo” y “Templo del Espíritu”, los pecados sexuales cobran un nuevo matiz: son una especie de profanación (I Cor 6,152-20).

La ética cristiana, entonces, va más allá de la ética puramente humana.

Jesús nos invita a hacer de nuestra existencia una historia de amor.



Las normas concretas que hallamos en la Biblia acerca de la sexualidad deben ser interpretadas, porque muchas están condicionadas por el momento cultural en que fueron formuladas y tienen un valor transitorio y superable.
En el Antiguo Testamento existen normas sexuales que son pura medidas de higiene o que reflejan tabúes carentes de significado moral; otras veces la Biblia refleja un ambiente social discriminatorio con la mujer (Ex 20,17; Ez 16, 40; Ef 5, 22-23).

Las mismas normas de la Tradición cristiana llevan el sello del influjo socio-cultural.  En otros tiempos, por ejemplo, el “eros” gozaban de mala fama: se desconfiaba del “placer sexual”, se lo consideraba negativo, sólo “tolerable” con la excusa de la procreación (San Agustín).  Hoy se reconoce que de por sí es “inocente”, benéfico para el equilibrio de la pareja.  Sólo se rechaza la absolutización, la idolatría del placer que, en vez de ser factor de comunión, puede convertirse en fuerza narcisista y explotadora (en la violación, en la prostitución, etc.).

La “mentalidad” cristiana frente a la sexualidad ha evolucionado mucho aun en puntos esenciales: antes se señalaba mucho como fin primario del matrimonio la procreación ignorando el carácter unitivo espiritual de la sexualidad humana.

El Concilio Vaticano II ya habla de la conexión inseparable entre procreación y unión de los esposos y reconoce el papel decisivo del amor conyugal y de sus expresiones en el desarrollo personal y mutuo de los cónyuges.  Y en 1975 la “Declaración sobre la ética sexual” (nº 1 y 11) ya señala la sexualidad humana, incluso en los no casados, como fuente de las más fundamentales características de la persona y como elemento crucial en el proceso de la maduración personal y de la integración social.

El magisterio de la Iglesia trata de interpretar “en cada situación la ética humana en el campo de la sexualidad y ofrece una orientación moral iluminada por la fe”, orientación no siempre definitiva pero en cada caso la más oportuna y prudente.  Aun por motivos de fe debe ser respetada por los católicos.  Esto no impide que el teólogo, haciendo suya tal orientación, continúe esclareciendo, precisando y aportando nuevas reflexiones para servir a la comunidad cristiana y humana.

De todo lo dicho concluimos que una sexualidad anárquica, vivida al compás de los impulsos, sin normas morales objetivas, acaba por ser deshumanizante.

Nadie niega la función de una conciencia y bien informada: a ella le corresponde el juicio concreto sobre la bondad o la malicia de cualquier expresión sexual.  Pero, como hemos visto, hay orientaciones, puntos de referencia, que no dependen de la conciencia de cada uno.  Más que norma absoluta y tajante como tradicionales, hoy son criterios orientadores que nos invitan a ser personas en plenitud, abiertas a los demás, es decir, a realizarnos.


EJERCICIO 12