2.1 Fundamentación de la moralidad


El hombre tuvo su origen en el reino animal y pertenece a él, es un animal.  Ahora bien, su vida es esencialmente distinta de la de los animales, y por eso decimos que trasciende las fronteras de la animalidad.  Limitándonos al problema de la moralidad, vemos que el único animal moral es el hombre.  Sin duda tiene que ser así, ya que no puede haber vida moral si no hay vida racional.

Existe en el hombre una conciencia de su ser, de sus posibilidades y de sus limitaciones.  Deseoso de ser más, de saber más, de vivir mejor, se reconoce limitado: pero al mismo tiempo es consciente de que puede trascender sus límites.  De este modo, se comprende a sí mismo como poder ser, como un ser abierto.  Esta potencialidad o apertura esencial lo coloca frente a un mundo de posibilidades prácticamente inagotables.  Cada nuevo descubrimiento le permite vislumbrar un nuevo horizonte de posibilidades insospechadas.

Este permanente vivir creando nuevas posibilidades no sólo afecta las relaciones del hombre con la naturaleza sino que afecta también y con la misma fuerza la conciencia de su propia vida.  A medida que se desarrolla como individuo y que evoluciona como especie, toma conciencia de una perfección que él no posee, pero a la que puede aspirar.  El hombre llega a sentirse tensionado, casi desgarrado, entre lo que hoy es y lo que puede ser, entre su ser ya dado fácticamente y su poder ser aspirado.


Esta realidad ideal puede manifestarse en múltiples formas.  La más simple consiste en esa personalidad ideal que cada uno posee, esa imagen proyectada no se da sola.  El ideal puede aparecer como un ser superior, trascendente a nuestro propio ser, tanto real como posible.  Es el caso de la divinidad en cualquier religión; el caso del ideal de humanidad, de sociedad, de patria en determinadas ideologías.