El
hombre tuvo su origen en el reino animal y pertenece a él, es un animal. Ahora bien, su vida es esencialmente
distinta de la de los animales, y por eso decimos que trasciende las fronteras
de la animalidad. Limitándonos al
problema de la moralidad, vemos que el único animal moral es el hombre. Sin duda tiene que ser así, ya que no
puede haber vida moral si no hay vida racional.
Existe
en el hombre una conciencia de su ser, de sus posibilidades y de sus
limitaciones. Deseoso de ser más,
de saber más, de vivir mejor, se reconoce limitado: pero al mismo tiempo es
consciente de que puede trascender sus límites. De este modo, se comprende a sí mismo como poder ser, como
un ser abierto. Esta potencialidad
o apertura esencial lo coloca frente a un mundo de posibilidades prácticamente
inagotables. Cada nuevo
descubrimiento le permite vislumbrar un nuevo horizonte de posibilidades
insospechadas.
Este
permanente vivir creando nuevas posibilidades no sólo afecta las relaciones del
hombre con la naturaleza sino que afecta también y con la misma fuerza la
conciencia de su propia vida. A
medida que se desarrolla como individuo y que evoluciona como especie, toma
conciencia de una perfección que él no posee, pero a la que puede aspirar. El hombre llega a sentirse tensionado,
casi desgarrado, entre lo que hoy es y lo que puede ser, entre su ser ya dado
fácticamente y su poder ser aspirado.
Esta
realidad ideal puede manifestarse en múltiples formas. La más simple consiste en esa
personalidad ideal que cada uno posee, esa imagen proyectada no se da
sola. El ideal puede aparecer como
un ser superior, trascendente a nuestro propio ser, tanto real como
posible. Es el caso de la
divinidad en cualquier religión; el caso del ideal de humanidad, de sociedad,
de patria en determinadas ideologías.