2.5.1
Replanteamiento de la ética
desde la alteridad
Los grandes
sistemas filosóficos han sido producto y reflejo de una sociedad, la sociedad
occidental. Característico de
dicha sociedad es su autoidentificación con el ser, la verdad, la bondad. Desde los griegos, pasando por el
Imperio Romano, la cristiandad medieval, el Renacimiento, la modernidad, la
Ilustración y el progresismo, hasta el imperialismo industrial de nuestros
días, los pueblos occidentales han formado una Totalidad cerrada, desconociendo
el derecho, la verdad y la bondad de los demás pueblos: los bárbaros, los
subdesarrollados. La Totalidad es
considerada como el ser; lo que no pertenece a ella es nada. Ella posee la revelación del Dios
verdadero, que le confiere el derecho absoluto sobre todos los demás pueblos.
Esta
mentalidad autocrática, que había justificado las guerras de conquistas
helénicas y romanas, justifica luego las “guerras santas” de la cristiandad
medieval y más tarde la invasión, conquista y colonización de los “nuevos”
mundos descubiertos en América, África y Asia. Conquistar, someter, matar, destruir, esclavizar, violar, todo
se justifica, todo es “bueno”, porque beneficia a la Totalidad. La vida de “el otro” no cuenta para
nada, carece de valor y sólo lo recibe en la medida en que útil al servicio del
dominador. El dominador es la
representación del yo. Todo el
pensamiento de la modernidad occidental tiene por eje al yo; ese yo que
fundamentaba en Descartes el único camino para llegar a la verdad (“yo pienso,
luego existo”) y que aseguraba la bienaventuranza al conquistador (“yo
conquisto, luego me salvo” podían haber dicho el emperador Cortés o Pizarro.
Esta
actitud totalizante ha llegado hasta nuestros días. Vemos nuestra sociedad escindida en dos: los que viven del
sistema y los que son explotados por él.
Hoy sigue siendo moralmente bueno pagar el salario mínimo aunque sea un
salario de hambre, acaparar tierras y capitales aunque haya desempleo y
miseria, enriquecerse mediante el comercio de artículos de primera necesidad
aunque debido a la carestía no puedan alimentarse suficiente millones de
familias campesinas y obreras. En
último término esto responde a un fenómeno tan antiguo como la humanidad: el
aprovechamiento de los débiles por parte de los poderosos. Los poderosos conforman la totalidad,
ya sea como oligarquía, como partido dictaterial, como iglesia oficial, como
grupos financieros o transnacionales, como cultura elitista, etc. Los débiles, los pobres, tienen que
someterse a los designios de la totalidad y ofrecerle sus pobres vidas sin
protestar.
Esto
estructura toda una ética: la justicia otorga derechos al poderosos e impone
obligaciones la pobre, la religión perdona los excesos del primero y condena
los pecados del segundo, la propiedad privada es garantía de seguridad para el
que tiene y encadenamiento a la miseria para el que no tiene, la virtud es
saludable gimnasia para el acomodado y heroísmo impracticable para el
miserable. Esa es la ética
refinada del sistema al servicio de los poderosos. Contra ella se levantó hace muchos siglos una ética de la
alteridad, una ética en defensa de “los otros”, los pobres, los oprimidos. Es la ética del judeo-cristianismo
original, por cuya defensa perdieron sus vidas muchos profetas defensores del
derecho del pobre, entre ellos Jesús de Nazaret.
Hoy América Latina
queremos revivir esta ética de la alteridad, porque es la única que se ajusta
al bien moral que hemos definido como la vida con dignidad para todos. Obrar el bien hoy, entre nosotros,
tiene un significado muy preciso: permitir la vida de “el otro”. El bien moral es el “sí-al-otro”,
entendido como práctica de la justicia a favor de la vida del oprimido. Desde esta perspectiva es necesario
replantear hoy toda la ética tradicional.
Y, puesto que la mayoría nos sentimos cristianos, no está demás aclarar
que la moral de nuestra sociedad oficialmente cristiana y las éticas
hedonistas, utilitaristas, idealistas y pragmáticas que la nutren nada tienen
que ver con la ética-de-justicia del cristianismo original.
EJERCICIO 11
EJERCICIO 11