4.7. Problemas éticos de la nueva genética


4.7.1.     Un nuevo horizonte de problemas éticos

Todavía en 1969, cuando aún no habían comenzado a alborear las nuevas técnicas de ADN – recombinante, el premio Nobel de ese mismo año, Marshall Nirenberg escribía: “Cuando el ser humano sea capaz de dar instrucciones a sus propias células, debe abstenerse de hacerlo hasta que tenga suficiente sabiduría para usar este conocimiento en beneficio de la humanidad”.  Sus palabras estaban indicando la necesidad de una gran sentido de responsabilidad ética con el que debía ser utilizado ese nuevo poder del hombre de comenzar a modificar y dar instrucciones a la base biológica más profunda de sus propias células, sus propios genes.

Por otra parte, el inicio de la nueva genética acontece en un contexto en el que no pocos científicos mostraban su profunda preocupación por el deterioro del patrimonio genético de nuestra especie, como consecuencia del mismo progreso de la medicina.

Debe citarse aquí otro premio Nobel, Hermanne J. Muller, que había puesto un gran énfasis en estos riesgos: “La población humana bajo condiciones actuales..., tiene que hacerse cada vez más defectuosa en su constitución genética hasta el punto en que (...) las más sofisticadas técnicas (...) no sean suficientes para salvar al hombre de la corrupción biológica.  Como ya indicamos anteriormente, Muller consideraba esta “corrupción biológica” como un verdadero Apocalipsis genético y uno de los tres problemas más graves que la humanidad debía abordar de cara a su futuro, junto a la explosión demográfica y la amenaza de una guerra nuclear.  Para actuar en contra de ese deterioro biológico, Muller proponía la instalación de bancos de semen, procedente de varones dotados de características positivas, con el que fuesen inseminadas artificialmente mujeres de características igualmente seleccionadas, para conseguir de esta forma una mejora de la especie humana o, al menos, un freno en su “corrupción biológica”.  Su pesimismo ante su propuesta de esta eugenesia positiva brotaba de su convicción de que serían muy pocos los individuos que se iban a prestar para tales servicios y para ser utilizados como sujetos de experimentación.

En este contexto comienza a desarrollarse la nueva genética.  Ya hemos indicado como surgieron las primeras voces de alarma de la propia comunidad científica ante los riesgos que inicialmente podían entrañar las nuevas tecnologías genéticas.  Pronto, la opinión pública estadounidense comenzó a expresar su preocupación por las consecuencias negativas que podrían seguirse de todo este espectacular progreso en el campo de la genética y de la biología molecular.  Se empezó a hablar del llamado factor Frankestein, un término frecuente en la literatura de divulgación popular, para referirse al riesgo de un enorme poder concentrado en las manos de unos pocos que podrían dominar sobre la mayoría de la población.  Los riesgos inherentes a las manipulaciones genéticas saltan a la opinión pública, especialmente en EEUU, donde en el área de la ciudad de Boston, en cuyo Massachussets Institute of Technology se realizan experiencias de manipulación genética, hay importante manifestaciones de protesta ante el temor de las consecuencias que podrían seguirse de tales experiencias.  Una de las mejores expresiones de este temor es la formulada por uno de los científicos más caracterizados en sus críticas a los riesgos inherentes a la nueva genética.  Erwin Chagaff: “Se puede interrumpir la división del átomo, se puede interrumpir los viajes a la luna y la utilización de aerosoles..., pero no puede darse marcha atrás cuando se ha creado una nueva forma de vida.

No puede negarse que en la opinión pública existen importantes reservas respecto de la manipulación genética.  Una encuesta de la National Science Foundation muestra que, a pesar de que la población estadounidense es generalmente contraria a las restricciones en materia de investigación científica, sin embargo, existe una importante oposición a los científicos que “intentan crear formas nuevas de vida”, de tal forma que 2/3 de los encuestados consideran que no deberían proseguirse los experimentos en este terreno, especialmente por miedo a lo desconocido o por temor a los posibles abusos.

Inicialmente se puso un gran énfasis en los peligros que podrían seguirse como consecuencia del “escape” del laboratorio de microorganismo, genéticamente manipulados, para los que el organismo humano careciese de defensas y que podrían crear un verdadero “hiroshima biológico”.  Posteriormente se ha puesto un gran relieve en los riesgos de desequilibrio ecológico que podrían seguirse del lanzamiento al medio ambiente de bacterias genéticamente modificadas, con la finalidad de conseguir resultados positivos, pero que pudiesen al mismo tiempo provocar graves desequilibrios ecológicos.  Se ha creado al mismo tiempo la conciencia, a partir de la creación de los animales transgénicos, de que la aplicación de la nueva genética a los organismos superiores podría también extenderse al propio ser humano.  Esta capacidad de poder modificar la base genética del mismo ser humano es lo que ha creado una alarma especial, por el miedo antes citado de ese factor Frankestein: la capacidad futura de una  minoría de poder manipular y dominar a los restantes seres humanos.

Dejando de lado lo que puede haber de ciencia ficción y de exageración en determinadas publicaciones sobre los riesgos y las perspectivas que se han abierto a través de la nueva genética, es indiscutible  que la humanidad ha dado un salto espectacular en su progreso científico al haber comenzado a poder “tocar el gen”. Como afirma A. Serra: “Se puede considerar la “conquista de los genes” como algo que ya ha sucedido: los tenemos en nuestras manos, son accesibles  y manipulables”, en un proceso que acaba de iniciarse y dar su primeros pasos.  Se ha afirmado con plena razón que el próximo siglo XXI  será el siglo de la biología y que la “cuestión biológica” será un tema central en los debates éticos del futuro.  Se repiten las mismas actitudes que se han dado respecto de la fisión del átomo: mientras que para unos es un progreso culminante del desarrollo científico, otros consideran que en ambos casos –tanto el “tocar” el átomo, como el gen- se ha sobrepasado un umbral que debería haberse mantenido cerrado y que se ha abierto una caja de Pandora, que puede levantar tempestades cuyas consecuencias pueden ser imprevisibles.

En cualquier caso la posibilidad abierta de actuar a nivel de las estructuras y mecanismo biológicos fundamentales, responsables del equilibrio biológico y ecológico, señala el inicio de una fase nueva y sumamente delicada de la ciencia y de la investigación científica, destinada a aportar, por su radical novedad y por sus profundas implicaciones, cambios profundos en el orden conceptual y cultural, análogos a las revoluciones científicas del pasado.

 Comenzar a controlar los genes significa el control de los mecanismo biológicos fundamentales, que son depositarios de la especificidad de individualidad de cada ser vivo; en el caso del hombre son los responsable de la identidad biológica que constituyen el soporte de la persona. Nos encontramos, por tanto, en el umbral de “una toma de poder decisiva del hombres sobre su vida”.  Incluso sobre sí mismo.  Se trata de un poder estremecedor sin precedentes en la historia humana y que debe llevar a repensar el significado de la ciencia y a una renovada toma de conciencia de las graves responsabilidades del hombre en relación con la vida y con la biosfera.

Salta a la vista la necesidad de una seria aproximación a la compleja y difícil problemática que acaba de nacer.  Como afirma McCormick: “Es importante que se afronten anticipadamente las cuestiones fundamentales relacionadas con el uso de estas técnicas, porque existe el peligro de que identifiquemos como bueno, desde un punto de vista humano y moral aquello que es posible tecnológicamente”. Los principales problemas éticos suscitados por el incipiente desarrollo de la nueva genética son los siguientes:

1)    Dilemas planteados por el desarrollo de la biotecnología.
2)    Creación de neobacterias y otros microorganismos modificados para ser diseminados en el medio ambiente.
3)    Producción de organismos genéticamente manipulados, OGM, tanto animales como vegetales.
4)    Distintos tipos de terapia génica humana en sus varios niveles.
5)    Proyecto Genoma.



4.7.2.      El nuevo horizonte de la genética

En el capítulo precedente hemos abordado los problemas éticos concretos suscitados por el reciente y espectacular desarrollo de la Genética. 

Nos parece ahora importante añadir una serie de consideraciones éticas más generales en torno a l nuevo horizonte del futuro del hombre y de la vida, que ha comenzado a ser alumbrado con el nacimiento de las técnicas de ADN-recombinante.   Precisamente el gran impacto causado por el desarrollo de esta todavía incipiente tecnología surge de la perspectiva de que sus ulteriores avances pueden modificar profundamente las condiciones de vida sobre nuestro planeta e incidir, incluso de forma muy profunda, sobre la propia condición humana.

Como afirma Rodríguez Villanueva, se han dado en el siglo actual tres grandes revoluciones científicas: la del átomo, la de la electrónica y la de las técnicas del ADN.  Las dos primeras han producido ya un gran impacto en el siglo actual, aunque en el caso de la revolución nuclear las consecuencias son valoradas de forma cada vez más negativa.  En el caso del impresionante desarrollo de la electrónica, nadie discute su gran impacto en la configuración de las mentes de los niños que se están abriendo al mundo de la educación y manejando ordenadores de grandes posibilidades; la realidad actual de los medios de comunicación social ha convertido ya al mundo en esa “aldea global” en la que automáticamente y casi instantáneamente conocemos, con toda la fuerza de las imágenes, acontecimiento que se están produciendo a millares de kilómetros de nosotros.

La revolución biológica de la nueva genética no ha hecho nada más que empezar.  Pero en sólo 20 años ha conseguido logros muy importantes y nadie puede discutir que, una vez que se han sentado sus bases fundamentales, los pasos sucesivos va a darse a una forma crecientemente acelerada.  Los inicios del próximo milenio van a estar marcados muy presumiblemente por la finalización del proyecto Genoma, que nos va a permitir abrir la puerta al secreto más celosamente guardado en el interior de los seres vivos y del propio ser humano.  No es extraño que, ante esta ingente posibilidad ya cercana, haya resonado con cierta frecuencia la famosa frase bíblica del “seréis como dioses”.  El hombre comienza a poder tener en sus manos unos conocimientos y un poder que le atraen y subyugan pero que, al mismo tiempo, le estremecen y le angustian.  ¿Es legítimo que seamos “como dioses”, que comencemos a tener el poder de tomar las riendas de un proceso evolutivo que ha durado 3.500 millones de años y que puede comenzar a depender también de la voluntad de la ciencia sobre el futuro de la evolución, incluyendo a nuestra propia especie?

La nueva genética no sólo hace surgir cuestiones éticas; también suscita interrogantes metafísicos.  Las famosas tres preguntas de Kant: “¿Qué debo hacer? ¿Qué me es lícito esperar? ¿Qué es el hombre?”, adquieren una coloración nueva.  ¿Qué exigencias éticas deben estar presentes en todo este desarrollo científico para que todo ser humano sea tratado como fin y no como medio?  Ahí seguimos todavía en el plano ético-  ¿Qué puedo esperar de un futuro en el que se han abierto as esclusas de unas posibilidades insospechadas para el hombre, pero en las que siempre ha soñado, como lo muestran numerosos mitos de nuestro pasado?  Y, sobre todo, ¿Qué es el hombre, eso ser que ha adquirido a capacidad fáustica de poder adentrarse en los arcanos más profundos de la vida?  ¿Qué es el hombre que puede comenzar a dejar de ser una realidad fija y estática, que nos venía predada, para comenzar a convertirse en un ser proyectivo capaz de programarse genéticamente, de una forma equiparable a los logros de la revolución electrónica?  Las dos últimas preguntas no sólo se sitúan en el nivel ético, sino que poseen además una obvia trascendencia metafísica.

4.7.3.     La manipulación ética de la manipulación genética

El título y el contenido de este apartado está inspirado en una interesante aportación de P. Van Tongeren,  no es fácil en ningún tema adoptar actitudes objetivas en su tratamiento, huyendo de visiones sesgadas y unilaterales.  El carácter agresivo de los medios de comunicación social, su búsqueda de eficacia y competitividad, hacen que difícilmente mantengan en tono de objetividad y rigor que debieran poseer.  Por otra parte, cuando se suscitan cuestiones que afectan a realidades profundas del ser humano, no es fácil adoptar siempre las actitudes de serenidad y objetividad que serían necesarias.  Es lo que acontece en los temas que afectan al comienzo y al fin de la vida humana –las nuevas técnicas de procreación asistida, el aborto y la eutanasia- y que también afecta al problema de la manipulación genética.  Creemos que, en los ejemplos citados, no sólo se plantean cuestiones éticas, sino que también se suscitan interrogantes metafísicos sobre el sentido de la vida y del hombre que, desde nuestro punto de vista, son los que confieren especial impacto emocional a todo este debate.

Van Tongeren considera que en el tema de la manipulación genética se dan una serie de deformaciones que conviene clarificar.  Notemos, ante todo, que la hablar de la “manipulación genética” estamos usando el término en el doble sentido del que habla el Diccionario de la Lengua Española.

Existen manipulaciones, que Van Tongeren califica de “tranquilizadoras”,  en el sentido de que suavizan las consecuencias más polémicas que podrían seguirse de los avances logrados.  Cita en este sentido la opinión, expresada algunas veces, de que la manipulación genética puede ser siempre capaz de excluir su utilización en el ser humano o, a lo sumo, quedarse en el ámbito de las células somáticos, de la TGH, que es equiparable a otras técnicas terapéuticas en fase experimental.  Pero, por el contrario, la “inviolabilidad del genoma humano” podría ser siempre mantenida.  Nuestro autor afirma con razón que la manipulación genética nos sitúa en un terreno continuo, en el que una vez conseguidos los primeros logros en campos más asequibles, se tenderá a pasar necesariamente a ámbitos más complejos y polémicos, sin que sea fácil mantener fronteras inamovibles en torno a su utilización en el ser humano.
También se da una manipulación tranquilizadora cuando se afirma que en  este tema se ha dado rienda suelta a fantasías que nada tienen que ver con la realidad: así, por ejemplo, cuando se afirma que la manipulación genética de las células germinales está muy lejos de conseguirse y que quizá no se logre hasta dentro de 20 años y que nunca será posible la manipulación genética.  Sin embargo, cuando se ha estudiado la historia de las ciencias se sabe que estas predicciones  no son nada fáciles de realizar: nadie pensaba en 1956, cuando Tjio determinaba el número de cromosomas humanos, que cincuenta años más tarde podríamos conocer, al finalizar el proyecto genoma, el secreto más profundo escondido dentro de esas 23 parejas de cromosomas.  Por otra parte, debe hacer pensar el hecho de que en tantas y tan diversas culturas existan narraciones y fábulas que expresan el deseo del hombre de poder disponer de las raíces más profundas de la vida.  La existencia de tales fábulas, ¿no están reflejando sueños  ancestrales de la humanidad, profundamente anclados en la condición humana y que difícilmente van a ser bloqueados precisamente cuando ya no nos movemos en el terreno de las fábulas y de los niños, sino en el plano de verdaderas posibilidades reales?

Puede ser también una manipulación tranquilizadora el depositar una total confianza en los comités reguladores existentes o que puedan surgir.  Lo mismo puede decirse de la confianza de algunos en las fuertes convicciones morales en la sociedad que serán capaces de impedir los abusos posibles.  Es muy cuestionable que el énfasis en la productividad, la eficacia y el rendimiento, que domina en las sociedades desarrolladas, sean precisamente los causes más adecuados para poner coto a posibles excesos.

Ya indicábamos antes que en el tema de la TGH de las células somáticos, se ha dado una valoración ética inspirada en los principios que regulan la experimentación con seres humanos y que tales criterios seguirán siendo válidos en otros ámbitos de la manipulación genética humana.  Pero Van Tongeren subraya con razón toda una serie de interrogantes, cuya respuesta no es de ninguna manera fácil ni clara: ¿Cómo evaluar los beneficios y riesgos potenciales de la manipulación genética? ¿Para quién será beneficiosa: para el individuo concreto implicado, para los hombres actualmente existentes, para las generaciones futuras, para la sociedad? ¿Para qué será beneficiosa: para mantener la vida, para mejorar su calidad, para la satisfacción de qué necesidades?  Y, sobre todo, ¿quién determina lo que es ventajoso: la persona afectada, los intereses dominantes en la sociedad, el estado ...?  Son muchas preguntas, cuya respuesta no es de ninguna forma clara, y a las que a veces se les pueden dar soluciones simplificadoras y, también, exageradamente tranquilizadoras.

Pero, por otra parte, también se dan en estos temas manipulaciones exageradamente “intranquilizadoras”.  Van Rongeren cita aquí las afirmaciones de que la manipulación genética abre un frente de interrogantes totalmente nuevos.  En este contexto, suelen citarse, por ejemplo, los tests  genéticos que cada vez van a ser más frecuentes y que podrían tener un relieve muy especial, al finalizarse el proyecto Genoma, con sus posibles consecuencias discriminatorias en los terrenos profesional y laboral.  No se puede negar el riesgo de abusos, pero también hay que subrayar que no se trata de una situación totalmente nueva: ¿hay una diferencia absoluta entre los futuros tests genéticos y las pruebas médicas o psicológicas que hoy en día están ya en uso antes de suscribir un contrato de trabajo?  Preocupan mucho las futuras manipulaciones genéticas eugénicas y su riesgo de poder crear diferentes tipos genéticos de hombre, ¿pero es ello tan diferente de lo que ya acontece hoy entre nosotros según los diversos grados de acceso al mundo de la cultura o de la educación? ¿Va a ser superior el niño genéticamente manipulado a aquel que hoy tiene unas óptimas oportunidades de formación y educación, de las que no disponen grandes estratos de la sociedad?

El tema es complejo y no podemos extendernos más en él.  Las líneas precedentes pueden ser ejemplo suficiente de la necesidad de abordar la manipulación genética en un clima de máxima serenidad y profundidad, huyendo tanto de sensacionalismos injustificados, como de posturas simplificadoras y a corto plazo, incapaces de percibir la trascendencia de este desarrollo tecnológico.  Alí está el gran reto de la ética, o en este caso concreto, de la Gen-Ética.


4.7.4.     La exigencia ética de la responsabilidad
Salta a la vista, a partir de las consideraciones precedentes, que el desarrollo de la nueva genética constituye un hito en la historia humana y en la misma historia de la ciencia.  Como afirma Rodríguez Villanueva: “La moralidad de los científicos hasta ahora ha consistido en seguir adelante, sin restricción alguna, para conocer todo aquello que sea posible sobre la naturaleza.  Ahora, ante la presente situación, posiblemente se imponga un alto en el camino, aunque sólo sea para pensar un poco en las consecuencias de sus descubrimientos”.  El proceso, dice el científico español ha sido extraordinariamente rápido y se impone la necesidad de una reflexión.  Más aún cuando la profundización en la nueva tecnología le lleva a afirmar que la sencillez y simplicidad de las técnicas, hace “que puedan ser llevadas a cabo de forma aislada por un científico o por un pequeño grupo de investigadores”.  También expresa su inquietud sobre la licitud de llevar adelante determinados experimentos con graves riesgos para la sociedad.  “Nuestros propios conocimientos científicos nos dicen que es siempre posible confinar algunos experimentos a un área concreta, a un laboratorio, incluso bien preparado.  Son muchos los científicos que consideran que las nuevas manipulaciones genéticas pueden aportar una luz muy importante para el mejor conocimiento e incluso el total desciframientos del cáncer, pero “¿en qué medida no puede ser, a su vez, la causa de nuevos y tal vez terroríficos casos de tumores o malformaciones desconocidas hasta ahora?”

Los grandes temores surgidos en los albores del manipulación genética se han desvanecido en gran parte.  De hecho no se ha producido ningún accidente biológico (a diferencia, por ejemplo, de la relativa frecuencia de los accidentes en las centrales nucleares, afortunadamente en general no graves, salvo el caso de Chernobyl).  Se sabe que la naturaleza realiza, y ciertamente el azar, muchas más modificaciones que las que logran hoy realizar los científicos.  Como afirma E. Boné, los virus y los plasmidios no han tenido que esperar al homo sapiens, para transferir a otras células fragmentos genéticos exógenos.  “La probabilidad de una catástrofe accidental se considera actualmente mucho más baja que la probabilidad inherente a las manipulaciones banales realizadas en todos los laboratorios del mundo con interdependencia de las realizadas por el genio genético.  Sin embargo, los microbiólogos que, desde Pasteur, trabajan sobre organismos contagiosos y a veces altamente patógenos, no han conocido  más que rarísimos accidentes, por lo demás siempre limitados; jamás han provocado una verdadera epidemia.

Por otra parte, el riesgo asociado a las bacterias, genéticamente manipuladas no es superior al que se atribuiría a un organismo patógeno normal, además de que se las rodea de medidas de seguridad especiales.  Se conoce también que los microorganismos modificados genéticamente no manifiestan una gran estabilidad, sino que pronto vuelven a la normalidad.  También se conoce que la cepa bacteriana de Escherichia coli utilizada, K12, e igualmente los vectores se usan, presentan todas las características deseables para su no-diseminación; el ADN extraído de la célula es inerte y puede ser manipulado con especiales protecciones.  También se sabe que los fragmentos de un virus, aunque sea inicialmente muy patógeno, no tienen ningún grado de toxicidad después de haber sido clonado.  “La bomba está desactivada”.  “Con conocimiento de causa se puede afirmar que la catástrofe desencadenada accidentalmente por el genio genético es virtualmente imposible”.  Pero el mismo Boné se pregunta si se puede excluir absolutamente la posibilidad de un perverso, un sádico o un loco que construyese deliberadamente un nuevo organismo patógeno, por ejemplo con fines militares.  Se puede afirmar que el riesgo es muy improbable, pero no absolutamente descartable.

Sin embargo, puede existir el peligro de que una mentalidad utilitarista, que ha encontrado especial eco en las reflexiones éticas en el ámbito anglosajón, sea determinante en la evaluación moral de las manipulaciones genéticas.  La mentalidad científica propende a mirar a la realidad primariamente en términos de resultados obtenidos, de logros, de éxitos alcanzados.  Desde una ética de inspiración marcadamente humanista, como es la cristiana, no puede caerse en ese reduccionismo.  La utilidad es un componente de la valoración ética, pero no es el único, sobre todo cuando se confiere al término utilidad un significado igualmente reduccionista.  P. Ramsey ha insistido, especialmente ante el tema de manipulación genética, en la importancia de una ética que sepa integrar, al mismo tiempo, los medios y los fines, ya que existen una serie de valores que no pueden sacrificarse como medios para unos fines concretos.

“El saber engendra el poder”, nos recuerda E. Boné.  Esto puede ser especialmente verdad en este campo, en donde el gran poder que detentan los hombres de ciencia, está especialmente solicitado por los intereses económicos innegablemente presentes, que pueden mover  los hilos desde planteamientos utilitaristas y a corto plazo.  La misma comunicación de los resultados científicos conseguidos, que han sido fundamentales en el progreso científico, puede hoy estar amenazada por los grandes intereses actualmente ya implicados en el campo de la biotecnología.  Incluso pueden entrar en juego intereses políticos, piénsese en las armas biológicas, que puedan limitar la libertad de investigación del científico o condicionar su propia libertad moral.

Debe existir un criterio ético fundamental central en la dignidad de la persona y en la búsqueda de su bien integral.  No debería tomarse, sin embargo, como único punto de partida una definición abstracta y metafísica de la persona.  Dentro de una sociedad progresivamente compleja y que vive cambios acelerados, se hacer necesario un recurso continuo a la experiencia para poder evaluar hasta qué punto los nuevos conocimientos sirven para ese bien integral de la persona.  Reflexionando sobre esta realidad concreta, en permanente gestación, es como únicamente se constituye el juicio sobre la moralidad.  Debe estar ciertamente guiado, orientado, iluminado por la luz de una metafísica, de una concepción humanista de la persona –a la que se la considera siempre como fin y no como medio- pero debe tratarse de una reflexión encarnada también en la verdad de una experiencia, individual y colectiva, porque el papel de la experiencia es irremplazable.

Al mismo tiempo que se subraya la dignidad del individuo, que es el fundamento de las sociedades modernas, debe insistirse en su dimensión social y comunitaria, se debe intentar integrar tanto las legítimas exigencias del individuo como las de la sociedad.  La reflexión ética católica no ha encontrado el necesario equilibrio en algunas ocasiones.  Al mismo tiempo, la sociedad moderna considera que cuanto mayor es el poder que posee el individuo, más necesarios se hacen poscontroles sociales para que se utilice adecuadamente ese poder; basta citar las exigencias en el terreno fiscal, en las normas de tráfico… Es lógico que exista también este control en el campo de la manipulación genética, en donde determinadas actuaciones podrían tener importantes repercusiones sobre la sociedad: “La complejidad e interconexión de la existencia humana sumadas al impresionante poder que la ciencia puede poner en manos del hombre, están pidiendo una actitud más comunitaria y social en las decisiones morales que atañan a nuestra sociedad”.

Cada vez se está insistiendo con mayor fuerza en que no sólo debe respetarse la dignidad humana  y las implicaciones sociales, referidas al hombre y al mundo actualmente existente.  Se están postulando los ya llamados derechos humanos de la “tercera generación”, referidos especialmente a los seres humanos que vendrán después de nosotros, que tienen el derecho a recibir un mundo en el que puedan vivir y desarrollarse.  El filósofo alemán Hans Jonas, tomando como base las famosas formulaciones del principio kantiano de la razón práctica, ha elaborado las siguientes formulaciones:

1)    “Actúa de tal forma que las consecuencias de tu acción sean conciliables con la permanencia de auténtica vida humana sobre la tierra”.
2)    “Actúa de tal forma que las consecuencias de tu acción no sean destructivas para la futura posibilidad de tal vida” (formulación equivalente a la anterior, pero expresada de forma negativa).
3)    “No pongas en peligro las condiciones para una comunidad indefinida del hombre sobre la tierra”.
4)    “Incluye en tu opción actual la integridad futura del hombre como co-objeto de tu voluntad”.

Basándose en estas formulaciones de H. Jonas, Ulrico Eilbach propone el siguiente principio: “Actúa de tal forma que las consecuencias de tu acción no puedan destruir, o ni siquiera poner en peligro o disminuir, la posibilidad de vida humana y de su medio ambiente en la actualidad y en el futuro”.

Un principio ético fundamental es el de la responsabilidad.  Heinrich Klompse la considera como la virtud del hombre moderno.  La categoría ética de la responsabilidad fue especialmente desarrollada por Max Weber en un intento de Fundamentación de una ética política, en un campo en el que confluyen bienes, valores e intereses contrapuestos.  La ética de la responsabilidad está siendo especialmente desarrollada por el filósofo alemán antes citado, Hans Jonas.

Jonas considera que el campo habitual de las acciones éticas se centraba en el pasado en un “círculo próximo”, ya que se referían a las relaciones del hombre con los demás.  Se trataba básicamente de una ética de la simultaneidad, ya que la mayoría de las acciones humanas eran sincrónicas o contemporáneas con el que las ejecutaba.  Hoy se ha operado un cambio fundamental, que se refleja sobre todo en el hecho de que al naturaleza se ha convertido en terreno de la acción humana, mientras que en el pasado quedaba básicamente al margen de su actuación.  El desarrollo tecnológico actual posibilita una intervención masiva en la naturaleza, cuyas consecuencias son éticamente relevantes.  Se ha pasado además de una ética de la simultaneidad o sincrónica a una ética diacrónica que se debe tener en cuenta las consecuencias futuras del quehacer humano.  Al mismo tiempo, no sólo la naturaleza, sino también el hombre, se han convertido en objeto de la actuación técnica humana, por ejemplo a través de la manipulación genética.

Todo ello significa, para el filósofo judío alemán, la exigencia de una responsabilidad ampliada del hombre, que debe asumir también su responsabilidad ante los sistemas ecológicos, su preocupación por la naturaleza  y la vida en general.  Esta responsabilidad nueva supera con mucho a la tradicional, ya que las consecuencias de sus acciones son mucho más relevantes.  Esta ampliación del concepto de responsabilidad significa para Jonas que en el ser humano no sólo debe considerar como seres humanos, sino que debe incluir también, como fines en sí, a la naturaleza y sus sistemas.

4.7.5.     Reflexiones finales

Johannes Reiter propone en una obra reciente un decálogo de exigencias éticas que deben estar presentes en el campo de la Gen-Ética.  Inspirados en dicho autor presentamos, con algunas modificaciones nuestro propio decálogo, que puede significar un resumen de lo tratado especialmente en los dos últimos capítulos.

1)    “La investigaciones en la naturaleza están permitidas, pero han de realizarse con una gran sentido de la responsabilidad y con una ponderación de sus posibles consecuencias para el presente y el futuro de la humanidad”.  Esta primera formulación de Reiter nos parece fundamental y fundante de cuanto se diga posteriormente.

Aunque vivimos hoy en la época de los ecologismos, que nos han hecho sensibles a las importantes consecuencias que pueden seguirse de la modificación de los procesos naturales, sin embargo no es posible volver a un ingenio y rousseauniano naturismo.  La ciencia ha avanzado espectacularmente desde aquellos primeros hombres que comenzaron a serlo precisamente por ser habilis, y no puede pretenderse limitar el progreso.  Ya antes indicamos como ha llegado a penetrar en las estructuras más recónditas del mundo:  ha “tocado” el átomo y también ha “tocado” el gen.

Esta irrupción de la ciencia en el santuario de la materia y de la vida no constituye para la fe cristiana ninguna profanación o sacrilegio.  El Dios de la Biblia no es el que se reserva celosamente ámbitos de poder en el universo y en el mundo en lo que el hombre no puede penetrar.  El “dominad la tierra y sometedla” (Gén 1,28) ha sido entendido por la teología cristiana como una invasión del Creador al hombre para que colabore en su acción creadora en un mundo que no saltó acabado de sus manos.  El que hoy la ciencia comience a capacitar al hombre para poder actuar desde las raíces más profundas de la naturaleza, el mismo hecho de que la futura evolución de los seres vivos y hasta del ser humano puede comenzar a depender de la misma voluntad del hombre,  no son sino una prolongación –impensada para el escritor del Génesis- de aquel dominad y someted la tierra del mismo arranque de la Biblia.  Al mismo tiempo, hoy se hace especialmente necesario añadir a Gén 1,28, lo que en el mismo libro Yavé dice a Adán un poco más adelante.  “El Señor Dios tomó al hombre y le colocó en el jardín del Edén, para que lo guardara y cultivara” (Gén 2, 15).

2)    “La nueva genética nos lleva a ver a todos los seres vivos, incluido el hombre de una forma más cohesionada, como formando parte del a misma biosfera y del mismo destino común.  La responsabilidad del hombre y de la ciencia sobre la biosfera constituye hoy una exigencia ética fundamental”.

Si el darwinismo tuvo una gran impacto en la concepción antropológica del hombre, al hacerla bajar de su pedestal y mostrarle que nuestras raíces filogenéticas son comunes con las de otros seres vivos, la nueva genética actúa en una dirección equiparable.  Nos hacer ver que nuestras bases genéticas tienen mucho en común con la de otros seres vivos; que nuestros caracteres genéticos no sólo patrimonio exclusivo de nuestra especie, sino que pueden ser transferidos, e incluso ser funcionales, en seres vivos muy distantes, como son las bacterias.  Puede decirse que el darwinismo nos relacionó con los otros seres vivos verticalmente y hacia el pasado, mientras que la nueva genética nos hace ver esa relación horizontalmente y hacia el futuro.  Las consecuencias de este conocimiento sobre nuestra comprensión antropológica del hombre pueden ser ahora difícilmente perceptibles, pero ciertamente se harán notar hacia el futuro.  Y, muy probablemente, irán en la línea de una mayor solidaridad con una biosfera, de la que el ser humano es su culminación, pero en la que está profundamente implicado.

La vieja formulación de la teología moral de que le hombre es “administrador de la vida” adquiere ahora una coloración nueva.  No es el dueño, que puede disponer despótica y tiránicamente de una biosfera, de la que él mismo forma parte.  Hoy hubiéramos deseado que el autor del Génesis no sólo hubiese hablado de “dominar”, sino también de “conservar” la tierra.  Si en el pasado ha sido lógico que se haya puesto el énfasis en el dominio de un hombre débil sobre una naturaleza que experimentaba hostil y poderosa, hoy se ha n invertido los términos: hemos llegado a un punto en que se impone una actitud de amor y de respeto hacia una naturaleza, muchas veces débil ante la agresividad del desarrollo técnico.

3)    “La libertad de investigación no es absoluta: tiene como límite el bien de la humanidad.  Los principios éticos que regulan la investigación en este campo no son distintos de los de otras formas de investigación.  La investigación no puede quedar meramente en manos de los investigadores especialistas.  Cada investigador tiene la responsabilidad personal sobre su propio trabajo y la corresponsabilidad sobre lo que pueden hacer otros.  Una valoración tecnológica, continuada debe ir sopesando las ventajas y los riesgos”.  Esta larga formulación recoge los preceptos 2,3, y 4 del decálogo de Reiter.

La libertad de investigación es un derecho constitucionalmente reconocido en los países democráticos, pero nadie pone en duda que no se trata de un derecho absoluto e ilimitado, ya que puede entrar en conflicto con otros valores y derechos humanos.  Las brutales experimentaciones humanas realizadas en los campos de concentración nazis no son sino la punta del iceberg de importantes abusos que se han dado en otras ocasiones.  La afirmación de la Declaración de Helsinki sobre investigación humana de que el interés de la ciencia y de la sociedad no debe prevalecer sobre el bien del individuo, sigue siendo fundamental y debe ampliarse para incluir los derechos de las generaciones futuras o de la biosfera en general, que pueden estar hoy amenazados por el desarrollo tecnológico.

Como se ha afirmado, con práctica unanimidad, en relación con las nuevas técnicas de procreación asistida estamos ante temas graves repercusiones humanas sociales, que ni pueden dejarse únicamente en manos de especialistas.  La experiencia de EEUU y otros países está mostrando el gran valor del diálogo interdisciplinar sobre temas de bioética.  Sin embargo, esta discusión no debería quedar encerrada en el ámbito de los foros intelectuales, sino que la opinión pública tiene derecho a ser informada, objetiva y comprensiblemente, sobre unos problemas que suscitan tanto interés  y preocupación.

4)    “Los objetivos de la investigación genética deben tener una orientación terapéutica en sentido amplio: hay que pretender siempre un aumento en humanidad”.

Es indiscutible que la investigación genética debe aspirar a un beneficio de la humanidad,  tanto en su aplicación al ser humano –de la que hablaremos más adelante- como en su utilización general.  En el estado actual de la investigación –y menos en este campo, por los grandes intereses económicos implicados- no se puede hablar de una investigación neutra o pura, wertfrei, que sea independiente de los valores éticos.  Toda investigación conlleva, al menos implícitamente, la posibilidad de su aplicación.  Al mismo tiempo, la gran complejidad de  los avances tecnológicos hacen menos fácil distinguir entre los efectos positivos y negativos, que pueden estar mutuamente imbricados.

Se llegó a afirmar que le virus del SIDA había sido creado en un laboratorio.  La comunidad científica lo ha negado, pero no pueden descartarse manipulaciones genéticas para l producción de armas biológicas.  Es preocupante que un investigador loco o audaz realice en el laboratorio manipulaciones genéticas arriesgadas o irresponsables, aunque tal investigación individual no es hoy fácil por su complejidad y por sus costos económicos.


5)    “La ingeniería genética hace posible modificar los seres vivos y producir alteraciones para cuya realización la naturaleza ha necesitado centenares de miles de años.  Esta ingente posibilidad exige un alto sentido de la responsabilidad y una continuada evaluación de sus consecuencias”.

El proceso evolutivo de la vida ha durado 3.500 millones de años.  Ha sido un avance lento, en el que se ha mantenido un equilibrio continuo entre los distintos seres vivos.  Mediante avances y fracasos se ha ido modulando un avance filogenético que ha culminado con el proceso de hominización.

Hoy la genética, como antes hemos indicado realiza en muy poco tiempo cambios en la base de los seres vivos, que exigieron quizá millones de años en la evolución biológica.  Es verdad que ya se inició la manipulación genética en el Neolítico, mediante selección natural, pero hoy el progreso es mucho más rápido y la manipulación genética se realiza de forma directa.  H. Jonas expresaba su preocupación por el hecho de que microorganismos, que han sido creados como servidores del hombre, pudiesen volverse en contra de los intereses de la humanidad.  El desarrollo de la ingeniería genética debe hacernos sensibles ante la posibilidad de crear graves desequilibrios ecológicos.  Una vez más se impone la responsabilidad, el avance gradual, paso a paso, en una rigurosa y continuada evaluación, sin dejarse arrastrar por planteamientos unidireccionales y reduccionistas.  La humanidad actual ya está pagando las consecuencias de un desarrollo tecnológico abusivo, que podría agudizarse por una manipulación genética no suficientemente controlada y evaluada.

6)    “La biotecnología y la ingeniería genética constituyen un importante motivo de esperanza para la humanidad.  Los temores iniciales se han disipado y, en las actuales circunstancias, es necesario probar a priori que tales investigaciones son peligrosas”

Ya nos hemos extendido ampliamente sobre este punto.  Los beneficios que podrían seguirse de la biotecnología son extraordinariamente importantes y sobrepasan los riesgos.  El desarrollo de la biotecnología, en el ámbito de la mejora animal y vegetal y en la producción de vacunas, fármacos y otros productos, puede ser extraordinariamente importante para ayudar a resolver los gravísimos problemas del llamado Tercer Mundo.. Existe el peligro de que en el desarrollo de la biotecnología primen los intereses económicos de las multinacionales sobre los verdaderos intereses de la humanidad.  Este debe ser un serio y constante motivo de preocupación.

7)    “Existen límites fundamentales en la experimentación genética en el hombre.  Los experimentos genéticos no pueden lesionar o poner en peligro la vida, la salud y la integridad personal del ser humano, incluido el no nacido.  En la experimentación genética humana, el investigador tiene ante sí como objeto a un ser humano que, por su intrínseca dignidad, nunca puede convertirse en medio  para lograr un fin”.

El avance de la Genética ha sido espectacular.  Pero este mismo avance ha mostrado la extraordinaria complejidad de los mecanismos genéticos.  El  llamado dogma central de la biología molecular ya ha sido cuestionado en varios puntos y pueden citarse ya varias “herejías” contra ese dogma.  De la misma forma que la astronomía nos va desvelando misterios del universo, pero hace surgir nuevos interrogantes, esto mismo acontece con la Genética.  Los mecanismos de expresión y regulación genética son extraordinariamente complejos y son evidentes las lagunas de nuestros conocimientos.

Por esta razón puede ser aceptable la creación de cerdos transgénicos de mayor tamaño, pero hoy es claramente inaceptable tanto la terapia génica de la línea germinal, como las manipulaciones genéticas perfectiva y eugénica.  Por otra parte, la legalización o despenalización del aborto junto con la difusión de dicha práctica, pueden poner en el plano inclinado al no-nacido como “objeto” de experimentación.  Notemos sin embargo que, si admite legalmente el aborto es porque considera que los intereses de la madre deben prevalecer sobre los del nuevo ser.  Pero este sigue siendo un valor jurídicamente protegido.  Convertir al embrión o al feto en un mero objeto de investigación es degradar su status, por mucho interés científico que posean las investigaciones que se pretenda realizar.

8)    “El análisis del genoma puede realizarse con el presupuesto de la voluntariedad y el bien del individuo en cuestión, y no para su eventual discriminación (laboral, por ejemplo).  Tal intervención lesionaría los derechos fundamentales de la persona, especialmente el principio de justicia.  Tampoco puede admitirse su aplicación para conocer la intimidad biológica del individuo”.

El tema está suficientemente desarrollado en el capítulo dedicado al proyecto Genoma.  Todas las discusiones sobre los aspectos éticos de dicho proyecto son unánimes en afirmar las exigencias de voluntariedad en las personas cuyo genoma va a ser estudiado y del carácter estrictamente confidencial de los datos conocidos.  También se insiste en las medidas que deben tomarse en el terreno laboral y en el de los seguros médicos, para evitar que el “hombre de  cristal” sea sometido a injustas discriminaciones.

9)    “La terapia génica está en principio éticamente permitida.  Debe valorarse de forma similar a como se valoran las técnicas de transplantes de órganos. Los riesgos no son insignificantes, por lo que debe preceder una ponderación de sus consecuencias.  Ni siquiera cuando la experimentación génica se realiza con fines terapéuticos está excluido el peligro de una abusiva disposición y manipulación de la vida humana”.

La afirmación anterior tiene su clara aplicación actual en el caso de la terapia génica de las células somáticas.  El criterio básica será la ponderación de los beneficio y riesgos,  como en otras técnicas experimentales.  Sin embargo, varias de las enfermedades candidatas a tal tipo de terapia dan un pronóstico tan negativo de las personas implicadas que lógicamente pueden asumirse riesgos mayores.  Sin embargo, la situación desesperada no justifica cualquier tipo de terapia experimental: debe preceder una seria experimentación en el laboratorio y en animales antes de iniciar la terapia génica humana.

10) “Tomando como punto de partido el principio de la dignidad humana y lo que Jost Herbig llama ‘derecho de ser producto de una casualidad’ hay que excluir éticamente la utilización de la manipulación genética para la producción de ‘hombres óptimos’, ya que atentaría contra la indisponibilidad de la individualidad humana.  la ingeniería genética no puede llevar al dominio del hombre sobre el hombre”.

Ya indicábamos antes que no se puede poner objeciones absolutas a la posible programación futura del ser humano, pero tampoco pueden negarse los grandes motivos de preocupación que tal programa suscita. ¿Podrá llegar un día en que la manipulación genética pueda aplicarse como eugenesia positiva a la especie humana? ¿Se podrá crear alguna vez el homo novus, del que hablaba Dubinin?.  Se insiste mucho en la inviolabilidad del genoma humano; Hans Jonas insiste que en el campo de la manipulación genética existe un “más allá” al que la ingeniería genética nunca debería llegar, ya que “del lado de acá” de esa frontera quedan muchas tareas por realizar a la línea terapéutica.  Mayor Zaragoza insiste también mucho en esta inviolabilidad del genoma humano.

No nos parece sin embargo que la inviolabilidad del genoma humano se pueda convertir en “el dogma central de la Gen-Ética”, o al menos, que se pueda conceder a ese dogma un sentido universal y atemporal.  Podría ser también ulteriormente cuestionado, como ha sucedido con el “dogma central de la biología molecular”.  Haring no descartaba la futura posibilidad de una programación positiva del individuo humano.

No obstante, hay que reconocer que tal posibilidad está erizada tanto de dificultades técnicas como de graves interrogantes éticos.  El “derecho a ser producto de una casualidad” –que cita Herbig-, el valor humano de que cada nuevo ser humano que viene al mundo sea él mismo, sin que su caracteres y cualidades sean programadas por los deseos de sus progenitores o por otros intereses, nos parece sumamente importante.  Cada ser humano tiene, en ese sentido, el derecho a ser producto de una casualidad, consecuencia de un azar –que puede tener sorpresas desagradables por la llamada “ruleta genética”- pero que ha sido también un factor de enriquecimiento en la evolución.  Y que, al mismo tiempo, es muy importante que cada ser humano sea él mismo, un ser único e irrepetible por sus factores genéticos, y que aprenda a descubrirse  a sí mismo, a realizar su propio proyecto vital, sin que esté condicionado por expectativas, deseos o intereses ajenos y extraños.

La búsqueda del “hombre óptimo” se puede abrir a injustas discriminaciones, a formas nuevas de racismo, de dominio del hombre sobre el hombre.  Y también a creer, unilateral y sosegadamente, que son los genes los que definen y determinan la calidad del ser humano.  No se puede predecir si algún día será realidad la existencia de los cauces de reproducción presentados por Huxley en su “mundo feliz”.

 Sería un mundo quizá muy perfecto en la programación de los factores genéticos de los nuevos seres humanos, pero también gravemente impersonal y hasta inhumano.  Y nunca puede olvidarse que el “producto humano” es sin duda consecuencia de sus genes, pero mucho más de las relaciones interhumanas que se gestan a su alrededor, que podrían quedar muy amenazadas en un mundo muy poco feliz.  Como escribía H. Jonas, del lado de acá de la manipulación genética del futuro individuo humano quedan todavía muchas tareas fundamentales a realizar: todo lo que signifique una mayor humanización de las relaciones personales, de intensificación de los valores éticos, de creación personal de cauces verdaderamente educativos... Este es el verdadero camino para que el hombre del futuro sea mejor, aunque no sea el “hombre óptimo” soñado por una eugenesia, en el fondo profundamente ingenua.
Por ello queremos acabar este capítulo con las siguientes frases:

“Icaro y Prometeo son dos grandes mitos de la historia de la humanidad.  Son símbolos de las grandes aspiraciones de realización y de dominio del mundo existente en el corazón del ser humano.  El hombre actual domina crecientemente el espacio y ha desarrollado una sofisticada tecnología, muy lejana de aquellos primeros cazadores que conservaban celosamente el fuego.  En nuestro tiempo, Icaro y Prometeo han cedido su puesto a Fausto.  Es el gran sueño y el gran reto del a ciencia actual: conocer y dominar los secretos más recónditos de la materia y de la vida, de la misma vida humana.  Pero Icaro y Prometeo no han perdido su actualidad; deben seguir existiendo en nuestro horizonte como un continuo recordatorio de que no se pueden quemar etapas, de que debe procederse paso a paso, de que continúa existiendo el peligro de que nuestros ambiciosos proyectos puedan acabar en una gran catástrofe.  Nuestras alas pueden reblandecerse y hacer que el hombre se estrelle en su precipitado deseo de volar demasiado deprisa.  Icaro y Prometeo son hoy esa gran instancia ética, con la que debe confrontarse siempre nuestro deseo y nuestra ambición de convertirnos en Fausto”.