Eso que se llama “hombre” no existe –dice
Julián Marías- “la entidad hombre se realiza en la polaridad complementaria del
varón y la mujer”.
La
sexualidad es otra de las coordenadas del ser y del quehacer de la persona,
demasiado olvidad por la filosofía aun reciente. Sin embargo, a
la luz de las antropologías que insisten sobre la centralidad de la
dimensión interpersonal y corpórea del hombre, adquiere gran importancia el
significado humano de la sexualidad.
Interesa lo que tiene de específicamente humano.
Aquí
entenderemos la sexualidad en un sentido amplio, que va mucho más allá de la
“genitalidad”, abarca todas las expresiones del ser humano como varón o como mujer; se refiere a ese
colorido masculino o femenino, teñido de afectividad, con que nos acercamos al
otro sexo, a ese “modo peculiar de reaccionar de un sexo frente al otro en
todos los niveles de convivencia, comunicación e intimidad”.
Una
reflexión sobre la sexualidad sólo puede elaborar a partir de una concepción
integral de la persona. A la luz
de ese criterio nos preguntaremos: ¿Qué representa la sexualidad dentro del
conjunto de la persona humana?
La respuesta que esbozaremos es una pista de estudio más que un sistema
acabado. Para plantear bien el
problema, comenzaremos analizando brevemente el hecho de la bisexualidad.