4.3.La manipulación Genética



4.3.1.     Aclaraciones iniciales

Genética es la rama más importante de la biología que estudia los procesos básicos de los seres vivos, uno de los cuales es el de la transmisión de los caracteres hereditarios.  El desarrollo de esta disciplina ha sido espectacular durante los últimos decenios hasta convertirse en noticia constante en los medios de comunicación social.

La manipulación genética evoca la idea de distorsión o perturbación en el mundo de los genes.  Manipular significa manejar algo alterando su naturaleza para conseguir algún fin sospechoso.  Con la manipulación se introduce algún tipo de violencia en el curso natural de las cosas.  En nuestro caso concreto, en el orden y estado natural de los genes.  Hablando con rigor científico, la manipulación o ingeniería genética se contempla positivamente como conocimiento científico de los genes con vistas a la terapia clínica de enfermedades hereditarias mediante la intervención directa sobre los genes presuntamente responsables.  Pero en la práctica eso no ocurre siempre así.  La intervención directa sobre los genes puede convertirse en un arma de control radical de la vida humana por parte de científicos, médicos y regímenes políticos totalitarios.  Esta tentación es mayor en la medida que las posibilidades técnicas de intervención sobre los genes resultan más fáciles y eficaces, lo que genera la urgente necesidad de reflexionar sobre los problemas humanos que esto comporta, o, lo que es igual, sobre los aspectos éticos de esas intervenciones tecnificadas capaces de modificar el proyecto biológico natural de todos los seres vivios, incluidos los humanos.

Las posibilidades terapéuticas son obvias y esperanzadoras, pero también la posibilidad de generar monstruos humanos o de dominar despóticamente a los más débiles mediante el control radical de su código genético.  De hecho, los mismos que dominan actualmente el mundo mediante el monopolio y el control de la energía atómica son los que invierten cantidades astronómicas de dinero para prolongar su poderío en el futuro mediante el monopolio y control absoluto del genoma humano.  Los señores de la bomba atómica quieren serlo también de la bomba biológica.  La clave del poder ya no está en la energía atómica, sino en la energía biológica.  Así las cosas, los retos éticos del futuro son esencialmente éticos.  Con la particularidad de que cuánto más fáciles son de resolver los problemas tecnológicos, más difícil resulta controlar los abusos de la tecnología.  La tentación de creer que todo lo que es técnicamente factible es automáticamente agible, o sea, éticamente lícito, es constante y fascinante.

De hecho en la mayoría de los tratados existentes de bioética la manipulación genética abarca desde la sintetización artificial de insulina y enzimas hasta la provocación directa del aborto y la eutanasia, pasando por la experimentación en seres humanos y, sobre todo, toda clase o forma de reproducción humana de laboratorio in utero, in vitro o simplemente clonal.  La manipulación genética tiende a ser aplicada por igual a la agricultura, a la alimentación, a la medicina preventiva y a la reproducción animal.  Esta confusión de aplicaciones es lo que convierte a la manipulación genética en una actividad cargada de esperanzas, pero también de desazones y quebrantos.

Pienso que se ha de empezar por distinguir entre manipulación o intervención sobre los genes humanos y manipulación o intervención sobre los genes del resto de los seres vivos.  Este segundo campo de acción correspondería a la biotecnología propiamente dicha.  De hecho hay autores cualificados que apuntan ya a esta delimitación y hablan por separado de manipulación genética humana y de manipulación genética o intervención en los genes de las plantas y animales.  Así pues, cuando en esta obra se habla de manipulación genética, sin más precisiones, nos estamos refiriendo a las intervenciones científicas sobre todos los genes, abstrayendo de su condición humana, vegetal o animal.  La misma tecnología se aplica científicamente por igual a personas, plantas o animales.  En cambio, cuando hablamos de manipulación humana, nos referimos a la intervención científica sobre los genes y el código genético de las personas, dejando el término biotecnología para significar la manipulación genética sobre el medio ambiente, las plantas y los animales.

Dentro del área de la manipulación humana, cabe entender esa manipulación en su sentido literal y peyorativo como distorsión del orden natural de los genes mediante técnicas biomédicas apropiadas; o en sentido positivo, es decir, como intervención científica en el genoma humano con una finalidad taxativamente terapéutica. El objeto formal de la manipulación genética así entendida sería la terapia del gen humano, sobre todo con vistas a mejorar la calidad de vida humana curando enfermedades en su propia raíz génica o cromosomática antes de que emprendió su desarrollo de forma incontrolable.

Hecha esta aclaración, veamos ahora las actividades más relevantes que suelen desplegarse en estas dos grandes áreas de la actividad científica sobre los genes.  Y como éstos, los genes, son los protagonistas o el blanco principal de toda manipulación genética, tendremos que decir algo sobre su vida y milagros.  Lo que nos permitirá otear mejor los problemas morales a que puede dar lugar nuestro enfrentamiento científico con ellos.

4.3.2.     Esperanzas y temores de la manipulación genética

Dos constataciones de fondo.  Si es posible añadir a bacterias un gen exógeno mediante técnicas avanzadas de ingeniería genética molecular, ¿por qué no aplicar estas mismas técnicas  a la cura de enfermedades en el hombre?  De hecho hay varios miles de enfermedades –hasta 4.000, según algunos- que tienen su origen en un defecto genético.  Estas enfermedades se clasifican hoy día en tres grandes grupos.  Las cromosómicas radican en alguna anomalía cromosomática perturbadora del equilibrio genético. La enfermedad hereditaria  emblemática de este  tipo es el síndrome de Down-Leheune, popularmente conocido como mongolismo, causado por la presencia de un pequeño cromosoma en exceso.  Pertenecen al grupo segundo las denominadas enfermedades monogénicas.  En estos casos las enfermedades se deben a la disfunción de un solo gen, como son las distrofias musculares, las hemofilias y el enanismo.  Las del tercer grupo, denominadas multifactoriales, aparecen por la acción combinada de varios genes.  Entre éstas se encuentran aquellas en las que hay defectos del tubo neutral o espina bífida.  También la diabetes y el leporinismo.  Juega un papel importante el medio ambiental.  Según recientes estimaciones, actualmente se conocen más de tres mil enfermedades  monogénicas y desde 1990 se ha iniciado un verdadero maratón en la lucha por encontrar la solución definitiva contra el cáncer y el SIDA desde la terapia genética.

La esperanza de llegar a conocer algún día, todavía lejano, todos los genes responsables de enfermedades es grande.  Primero hay que conocer exactamente la función específica o combinada de cada gen del enfermo y compararla después con las personas sanas.  Según la terapia tradicional, se examinaba el mecanismo de la enfermedad a partir de la expresión del gen defectuoso, aplicando después medicamentos y regímenes alimenticios adecuados.  La terapia génica se encara directamente con el código genético del enfermo.  Pero este código es una sucesión de millones de combinaciones de cuatro letras representativas de los cuatro factores básicos: adenina, citosina, guanina y timina.  En estas cuatro bases se formulan las órdenes que indican a las células que proteínas  deben sintetizar para asegurar el buen funcionamiento del organismo.  Todo esto es fácil de decir, pero bastante difícil de llevar felizmente a cabo si tenemos en cuenta que el genoma humano es el conjunto de genes contenidos en nuestro ADN, el cual está compuesto, a su vez, por unos 3.000 millones de bases o letras genéticas.  Se dice que nuestro ADN equivaldría a 3.000 tomos de 1.000 páginas genéticas y 10.000 signos en cada página.  En esta gigantesca obra genética está todo el proyecto de lo que ha de ser nuestro cuerpo del futuro con sus cualidades y defectos.

Pero las dificultades técnicas persisten, creando los correspondientes problemas éticos.  En la terapia génica algunos utilizan los llamados vectores virales para introducir en sus pacientes las versiones correctas de los genes considerados defectuosos y responsables de la enfermedad tratada.  Esta técnica conlleva un alto riesgo de infección viral.  La técnica basada en la utilización de adenovirus en lugar de vectores virales tienen la ventaja de reducir el riesgo de que estos genes puedan provocar un crecimiento celular anormal degenerado en cáncer.  Su gran inconveniente consiste en que el tratamiento no es definitivo, sino que tiene que reiterarse indefinidamente.  Otra técnica más sencilla consiste en inyectar genes desnudos en células humanas para observar cómo reaccionan las distintas proteínas.  Esta proteína está poco desarrollada.  Otras técnicas en uso y paternizadas están basadas en la inoculación de proteínas y manejo de moléculas antisentido.  Esta última tiene la particularidad singular de que, al contrario de las anteriores, tiene por objeto inmediato desactivar aquellos genes que producen proteínas dañinas.

La terapia del gen, o ingeniería genética, es un capítulo fascinante de la moderna medicina genética que comprende la prevención, diagnosis y tratamiento de enfermedades atribuidas a anomalías cromosomáticas que trastornan la vida y el dinamismo de los genes.  La terapia del gen es un aspecto muy particular de la ingeniería o manipulación genética, que engloba todo lo que tiene que ver con la manipulación de los gametos o del feto para cualquier intento –desde la concepción distinta de la unión sexual, o el tratamiento de enfermedades in utero- hasta la definitiva manufactura de un nuevo ser para fines preconcebidos.  La terapia del gen difiere de la ingeniería genética positiva en que ésta se refiere a la entera humanidad como paciente, mientras que aquella trata de curar el gen en individuos humanos en particular, mediante la cura o eventual eliminación de los genes deletéreos, o bien invirtiendo una mutación o haciendo desaparecer alguna mala información en el ADN.  En la terapia del gen se ha puesto la esperanza de resolver artificialmente el problema de la insulina mediante clonación de bacterias, en de la anemia, del cáncer, del Rh en los embarazo, el de la hemofilia, la homosexualidad y de todas la anormalidades hereditarias de etiología cromosomática.

Pero estas esperanzas tropiezan todavía con inmensas dificultades prácticas.  Los riesgos son todavía muy grandes.  Hasta pensar en el elevado número de genes existentes y su misteriosa actividad dentro del recinto cromosomático, en su relación con las enzimas y los ribosomas, así como en el desconocimiento que todavía se tiene de la naturaleza y situación de la mayor parte de los que influyen de forma decisiva en el desarrollo y estructura del cuerpo humano.  El proyecto Genoma (ambicioso programa científico para controlar el mapa genético humano en el imperio de los genes) avanza a buen ritmo y es prometedor.  Pero es un arma de doble filo.  Un error de cálculo podría dar lugar a una catástrofe genética imprevista. ¿Qué uso se va a hacer de esos conocimientos?  Los riesgos de la manipulación genética aplicada a la agricultura y a la ganadería dieron lugar a la famosa Conferencia de Asiomar, en 1975.  Así se habló del riesgo biológico que comporta el manejo de colonias de bacterias y virus portadores de combinaciones genéticas inéditas.  El nuevo ADN podría ser el causante de microorganismos patógenos propagables fuera del laboratorio, incluso de naturaleza cancerígena y tóxica de alcance imprevisible.  Por aquellos años, el miedo estaba en el cuerpo de todos y con el paso del tiempo el fundamento de aquellos riesgos persiste.  Baste pensar en el desarrollo de la tecnología del ADN recombinante. Consiste básicamente en unir fragmentos de ADN de distintos orígenes para obtener un ADN híbrido. 

Segmentos de dos moléculas de ADN de distintos organismos son sacados de sus ubicaciones naturales y recombinadas en un nuevo ADN híbrido, que normalmente no se produciría en la naturaleza.  Mediante este juego de ingeniería genética podrán quedar abiertas las puertas a toda clase de operaciones con los genes con vistas a producir monstruos humanos en serie.  Por otra parte, el rendimiento comercial de estas técnicas y su capitalización política es un factor decisivo que ha hecho perder los antiguos temores, pero también el motivo fundamental que suscita nuevos miedos, sólo desafiables con el incremento proporcional del sentido de responsabilidad moral.

4.3.3.     Consideraciones éticas

Después de todo lo dicho hasta aquí, la conclusión ética ineludible es la siguiente.  Toda intervención sobre la vida humana, aplicando técnicas biomédicas avanzadas, que tenga por fin salvar la vida, curar enfermedades o simplemente mejorar la calidad eventualmente precaria de alguna vida humana, está éticamente justificada y, en circunstancias relativamente normales, puede ser hasta obligatoria.  Por el contrario, las prácticas manipulatorias descritas son objetivamente inmorales en la medida en que su aplicación lleva consigo la destrucción o el trato indebido de embriones humanos, el aborto provocado bajo cualquier pretexto (terapéutico, eugenésico), la eutanasia, el suicidio, la mutación no terapéutica del código genético y todo tratamiento degradante de la dignidad humana en el trato de los enfermos, ancianos y disminuidos físicos o mentales.  Según el Magisterio de la Iglesia y los dictados de la razonabilidad, la ciencia está al servicio de la vida humana, especialmente de la más débil y menesterosa.  No al revés, como algunos pretenden. 

En el servicio a la vida la ciencia encuentra siempre su legitimación.  Servicio a la vida, además ha de ser prestado desde el momento preciso de su aparición real, a la raíz de la fecundación del óvulo femenino por el espermatozoide masculino, hasta su ocaso con la muerte natural.  Lo razonable es pensar que cualquier forma de manipulación genética aplicada al ser humano sólo se legítima éticamente cuando tiene sentido terapéutico y con las debidas garantías de respeto a la vida y a la salud de los pacientes humanos o a sus elementos germinales.  Pero este gran principio, en sí mismo luminoso, se oscurece a medida que tiene que ser aplicado a los casos concretos, lo cual exigen que añadamos aquí algunas consideraciones complementarias.

La terapia genética consiste esencialmente en la administración de la administración de material genético en un paciente humano con la intención de corregir algún defecto también genético.  Por ejemplo, el fallo cromosomático responsable del mongolismo.  Se asemeja a la operación de transplantar un órgano, ya que el individuo receptor recibe células que contienen ADN  exógenas o de origen ajeno.  Además, se produce una modificación permanente e intrínseca.  Los autores distinguen con toda razón entre terapia génica somática y terapia génica germinal.  La primera –somática- puede realizarse eliminando el gen defectuoso (cirugía genética), modificando el gen deletéreo mediante una alteración en el interior de la célula concernida y, por último insertando un nuevo gen que sustituya el defectuoso.  Por el momento, la operación viable es la última.  Las dos primeras son más un proyecto a largo plazo.  La segunda –terapia germinal- se refiere al esperma, al óvulo, al zigoto y al embrión antes de su implantación en la pared uterina.  En estas dos formas de terapia génica hay una diferencia sustancial. 

La somática lleva consigo alguna modificación en las células de un sujeto personal autónomo fuera del seno materno.  De ahí que sea llamada también terapia del paciente.  La germinal, en cambio, afecta a todas las células, incluidas las germinales.  Lo cual significa que la alteración introducida será transmitida a la descendencia alterando la herencia genética de las futuras generaciones.  Hecha esta adecuación, cabe hacer las siguientes apreciaciones relativas a los aspectos éticos del proyecto Genoma Humano.

La secuenciación y mapeo del genoma humano abre la puerta al diagnóstico prenatal como camino para llegar a tiro fijo a las deficiencias somáticas consumadas en los embriones y, además, a la raíz misma de las predisposiciones genéticas responsable de buen número de enfermedades hereditarios.  ¿Para qué?  Según los más desaprensivos, para eliminar antes de nacer a todos los que vengan al mundo con alguna tara de la cual otros son los responsables.  Según los más razonables, para intentar curar en salud esos defectos detectados mediante una terapia precoz o antenatal.  Pero el proyecto Genoma Humano tiene otro frente mucho más fascinante y preocupante.  La manipulación directa del esperma, de los óvulos y de los embriones, antes de su implantación en la pared uterina, podría llevar consigo la modificación de la especie humana con fines políticos y raciales.  La comunidad científica y los moralistas están de acuerdo en que la terapia genética de las células somáticas puede ser utilizada para el tratamiento de enfermedades específicas.  Al fin y al cabo se trata de curar una enfermedad física desde la raíz misma  de la enfermedad.  El problema ético está principalmente en los riesgos de esa terapia cuando todavía la tecnología no está desarrollada.  Habrá que seguir experimentando en los animales antes de aplicar esas tecnologías a los pacientes humanos.

Por el contrario, la terapia genética germinal encuentra muchas dificultades de fondo.  Muchos hombres de ciencia y casi todos los moralistas están en contra de esas intervenciones.  Está en juego nada menos que el genoma humano, es decir, el conjunto de información genética contenida en el complejo cromosomático de nuestro organismo.  En nuestro genoma está impresa nuestra identidad personal.  Una gen no es nuestra persona, como no lo es un brazo o un pie.  Pero el genoma, el conjunto de todos los genes codificados en la estructura del ADN y cumpliendo con sus misiones biológicamente informativas correspondiente, si es parte constitutiva de la persona humana, como lo es el conjunto corpóreo, el cual no es otra cosa que la estructura genética del genoma desarrollada y aumentada.  En la estructura de nuestro cuerpo vemos a simple vista desarrollado lo que con un potente microscopio electrónico descubrimos el germen.  El cuerpo humano es al genoma lo que un árbol a su semilla. El genoma es el principio de nuestra individualidad.  Siendo así, las consecuencias éticas son fáciles de deducir.

En primer lugar, es éticamente inaceptable el recurso a la ingeniería genética para manipular el genoma humano con vistas a alterar la unidad de la especie humana, violando así el misterio inalienable de las personas.  El discurso de Juan Pablo II del 29 de octubre de 1983 a la Asociación Médica Mundial fue elocuente a este respecto.  “La naturaleza biológica de cada hombre es intangible en el sentido de que es constitutiva de la identidad personal de cada individuo a lo largo de toda su historia.  Cada persona humana, en su singularidad absolutamente única, no está constituida solamente por su espíritu, sino por su cuerpo.  De esta forma, en el cuerpo y por el cuerpo, se toca la persona misma en su realidad concreta.  Respetar la dignidad del hombre significa, en consecuencia, salvaguardar esta identidad del hombre, uno en cuerpo y alma”

Respetando el principio de nuestra individualidad queda abierta la puerta para la terapia genética.  Juan Pablo II da la clave en el mismo discurso. “Una intervención estrictamente terapéutica, que se fija como objetivo la curación de algunas enfermedades, como las que afectan a deficientes cromosomáticos, será, en principio, considerada como deseable, teniendo en cuenta que tiende a la verdadera promoción del bienestar personal del hombre sin atentar contra su integridad o deteriorar sus condiciones de vida.  Una tal intervención se enmarca, en efecto, en la lógica de la tradición moral cristiana”. 

Años más tarde la Donum vitae 1,3, apuntala esta perspectiva positiva de la terapia genética con estas palabras.  “Como en cualquier acción médica sobre un paciente, son ilícitas las intervenciones sobre el embrión humano siempre que respeten la vida y la integridad del embrión, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin su curación, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual.  Sea cual sea el tipo de terapia médica, quirúrgica o de otra clase, es preciso el consentimiento libre e informado de los padres, según las reglas deontológicas previstas para los niños.  La aplicación de este principio moral puede requerir delicadas y particulares cautelas cuando se trate de a vida de un embrión.

En toda inversión sobre el patrimonio genético humano, para que resulte éticamente aceptable, se ha de respetar el genoma como principio biológico de individualidad, la vida en sí misma y la salud de los embriones o de las personas ya nacidas pacientes de alguna enfermedad.  Sólo la razón terapéutica y la promoción de la calidad de vida con suficientes garantías técnicas pueden legitimar éticamente la intervención sobre el patrimonio genético humano ya constituido.  Y, contra lo que muchos piensan, creo que este principio es válido también para la terapia genética germinal.  Al menos en teoría, ya que en la práctica es verdad que no existen todavía las garantías técnicas suficientes.  Pero no sería razonable impedir la aplicación de la terapia génica de la línea germinal que, respetando incondicionalmente la integridad de la vida naciente y la dignidad de la procreación, curará al embrión, librándole a él y a toda su descendencia del error genético hereditariamente recibido de sus padres.  Gran cosa sería, en efecto, el poder interceptar en un embrión o en una persona adulta el curso de los eventuales defectos hereditarios previamente identificados, mediante la terapia genética. Con la misma intención terapéutica, pienso que sería igualmente aceptable salir al paso de los defectos hereditarios mediante la cura previa de los gametos.  Todo esto se presta a muchos abusos, pero si a la seguridad de las técnicas –todavía inexistente- se suman los criterios señalados, la terapia genética puede ser contemplada como un nuevo y prometedor capítulo de la medicina preventiva.