3.1. Existencia corpórea del hombre


La sexualidad humana, hunde sus raíces en el fondo vital, en la dimensión corpórea del hombre.  Nada extraño, entonces si volvemos a reflexionar sobre el cuerpo y su significado humano.

El dualismo, de raíces platónicas, ese sistema para el cual el hombre es “el alma”, la conciencia, la interioridad, ha pesado tanto en occidente, sobre todo por el influjo de Descartes,  que nos llevó a considerar el cuerpo como un simple instrumento al servicio de la persona.  Quizás por eso no hemos sido capaces de estimar en su justo valor la sexualidad, arrinconada en un cuerpo desvalorizado, opuesto al alma, la parte noble y valiosa del hombre.

Hoy la antropología nos ha hecho comprender que somos una unidad sicosomática, que no “tenemos” cuerpo, como quien tiene pantalones o polleras, sino que “somos” cuerpo: que nuestro yo es un “yo corporizado”, que en nosotros la materia está penetrada de subjetividad.  El cuerpo es subjetividad, de tal manera que la corporeidad participa de la dignidad del yo personal.

Aquí no estamos hablando del cuerpo objetivo, tal como lo ven los otros, ese cuerpo que las ciencias estudian como una “cosa”, sino del cuerpo real, de “mi cuerpo”, tal como yo lo vivo, y que me sitúa en el mundo material y humano.  Yo soy ese cuerpo, sobre todo yo soy “mi cerebro”.

A la luz de la reflexión filosófica, alma y cuerpo reciben un significado distinto del que circula comúnmente.  Antropológicamente lo que llamamos “cuerpo” es el alma en su vivencia externa, el alma que se proyecta en el espacio-tiempo; es el alma que, para existir, al informar la “materia prima”, se corporaliza, se enajena en la materialidad.  El alma no tiene ningún otro ser al margen de su autoexpresión en la materia: sólo puede ser “alma” gracias a la corporeidad.  Diríamos que el espíritu se materializa al exteriorizarse, y la materia se espiritualiza interiorizándose.  El alma es “corporal”, funcionalmente referida a la materia que informa, y el cuerpo, a su vez, es “anímico”.  Se puede hablar de “espiritualidad de cuerpo” que es como la emergencia sensible del alma, es expresión del alma: revela, transparenta al sujeto que en él se expresa.  El rostro, por ejemplo, es “epifanía del alma”; mi alma puede ser vista en mis ojos, puede ser oída en mi voz.  La sonrisa no es solamente el signo de un espíritu contento que se esconde tras la fachada del cuerpo, sino que es la alegría de un ser corpóreo.

De este modo el cuerpo, y no sólo la palabra, es lenguaje, interioridad que se manifiesta.  Es como el idioma común para entrar en comunicación con los demás.  Tanto es así que la sola presencia muda puede ser un lenguaje sumamente intenso.  El cuerpo es el mejor medio de que dispone el hombre para comunicar su intimidad: es un semáforo de señales, prácticamente infinito.  Y es también aquello por lo que me realizo en mi mundo habitado por personas capaces de entrar en diálogo conmigo.

El CUERPO es el lugar de mi expresión y el punto de partida de mi comunicación con el mundo y con los demás




Esta expresión y estas relaciones están limitadas por el espacio y el tiempo, están sometidas a las leyes físicas.  Esto explica que sintamos el cuerpo como traba,  como carga del yo que entiende y quiere, como algo que nunca logramos dominar por completo.  Pero esto, que forma parte de nuestra limitación humana, no impide que sea el “lugar” de nuestra expresión y la superficie de contacto de nuestra intimidad con el cosmos y con los demás.

El cuerpo no es, entonces, una parte del hombre, sino la totalidad del hombre uno asomándose al exterior, y el alma, esa misma totalidad, una e indivisa, en su interioridad, en sus actividades superiores.  Alma y cuerpo son dos modos distintos de expresar la misma y única realidad concreta del hombre dos modos distintos de expresar la misma y única realidad concreta del hombre.  El hombre es “cuerpo” con la misma verdad con que es “alma”.

“El hombre es una unidad estructural y estructurante, una corporeidad anímica que está siempre referida y volcada al mundo con el que constituye un sistema de intercambio, de participación y de comunión”.

Según esto, todo lo corporal pasa a ser personal: el sexo, el trabajo, el hambre, la sed, la misma muerte; todo queda personalizado.  Educar el cuerpo a través del deporte, ballet, teatro, expresividad, dominio, etc., es educar a la persona, pues somos una sola realidad.

En cambio, si el cuerpo no es el hombre…, torturar el cuerpo, quitarle la libertad al cuerpo (esclavitud), etc., se puede justificar, por ser algo exterior a la persona humana, un simple instrumento de la misma.

El cuerpo, además nos diferencia de lo que no somos.  Nos emparenta con el cosmos, es verdad, pero al mismo tiempo nos revela radicalmente exteriores a los demás y al mundo infrahumano.  Semejantes a los otros en multitud de rasgos, hemos de reconocer que somos diferentes y que, entre todas, la diferencia sexual es biológicamente la más radical.

Sobre esta diferencia nos corresponde ahora reflexionar.