Venimos
hablando de una realidad trascendente que constituye el ideal de perfección
para nosotros. Este ideal es el
que nos permite establecer el valor moral de nuestros actos. Pongamos un ejemplo. El cristianismo centra en Dios el ideal
sumo de perfección. Su vida, por
tanto, la orienta conforme a la vida divina, tratando de encarnar sus atributos
de perfección: amor, sabiduría, justicia, libertad, etc. Si en alguna ocasión deja de ayudar a
alguien que le pide un favor, siente que ha obrado mal. ¿Por qué? Porque su
acto no ha respondido a la perfección que Dios espera de él. Lo mismo se puede decir del marxista
con relación al ideal de vida del “hombre nuevo” en la sociedad comunista perfecta
y del nietzscheano con relación al ideal de vida del superhombre.
Pues bien, dicho
ideal lo entendemos como el bien moral por excelencia. Encierra la perfección, la bondad en
sumo grado. La conducta es buena o
mala, mejor o peor, según se acerque o se aleje de él. Toda la vida moral está definida por el
ideal o bien moral que la oriente.
Esto explica, como ya hemos visto, la existencia de diferentes éticas:
para una el bien consiste en el placer, para otra en el poder, para otra en la
virtud que lleva a la felicidad, etc.
Toda ética arranca de una opción fundamental de este tipo. Es nuestro deber definir con toda
claridad el ideal que sustenta la ética por la que hemos optado.
¿Cuál es esa
realidad trascendente, ese ideal, ese bien último que sustenta todos los bienes
inmediatos? Nosotros creemos que es la vida personal. La máxima aspiración del ser humano, en cualquier época,
cultura y religión, consiste en vivir.
La vida es aquello que todos defendemos por encima de cualquier cosa.
Ahora bien, ¿qué
entendemos por vida? No, por supuesto, la simple vida biológica y
fisiológica. Vivir
inconscientemente en estado de coma o vivir encerrados en una jaula, como
conejos, para engordar y procrear, no es vida papel hombre. La vida humana es una vida racional, la
vida es un ser personal, con sentido de realización singular en el mundo de
valores espirituales, con unas aspiraciones trascendentes, con un deseo de
felicidad total y de inmortalidad, con un conciencia de fraternidad universal. La vida fisiológica, el bienestar
material y la salud física, son apenas una dimensión del vivir humano en
plenitud.
EJERCICIO 9
EJERCICIO 9